Soy IBCLC, puedes comprar una consulta de lactancia por SKYPE, previa cita, dura una hora

tipos de servicio

24 septiembre 2006

Leche materna vs Leche de bote (formula) parte 2

Ecologist (Abril 2006)
Autora: Pat Thomas
Nota de Traducción: En la presente traducción se utiliza sólo el género masculino para facilitar la lectura,
a sabiendas de que debería aparecer tanto el género masculino como el femenino.

TRÁGATE ESTA!
Parte II

A diferencia de los lactantes amamantados, los lactantes alimentados con biberón corren el doble de riesgo de muerte durante las primeras seis semanas de vida, la alimentación con biberón incrementa el riesgo del síndrome de muerte súbita del lactante (sudden infant death syndrome [SIDS]) entre dos y cinco veces. Los lactantes alimentados con biberón también se encuentran en un riesgo significativamente mayor de internación hospitalaria por una serie de infecciones. Por ejemplo, tienen un riesgo cinco veces mayor de ser ingresados al hospital por gastroenteritis.

Incluso en los países en vías de desarrollo, los lactantes alimentados con biberón tienen tasas de diarrea dos veces mayores que los lactantes amamantados. Tienen el doble de probabilidades (20 por ciento frente al 10 por ciento) de sufrir otitis media (infección del oído interno), el doble de probabilidades de tener eccema o sibilancias si existen antecedentes familiares de enfermedad atópica y cinco veces más probabilidades de padecer infecciones de las vías urinarias. Durante las primeras seis semanas de vida, los lactantes alimentados con biberón tienen de seis a diez mayores probabilidades de sufrir enterocolitis necrotizante, una infección intestinal de gravedad, con muerte del tejido intestinal, riesgo que se incrementa en 30 veces después de ese período.

La alimentación con biberón también está asociada a enfermedades de mayor gravedad. En comparación con los lactantes amamantados en forma completa incluso durante sólo tres a cuatro meses, un lactante que bebe leche artificial tiene el doble de probabilidades de padecer diabetes insulino-dependiente (tipo 1) de aparición durante la juventud. También existe un riesgo entre cinco y ocho veces mayor de la aparición de linfomas en niños menores de 15 alimentados con fórmula o amamantados menos de seis meses.

En la adultez, los estudios sugieren que los lactantes alimentados con biberón tienen una mayor tendencia a padecer trastornos tales como enfermedad inflamatoria intestinal infantil, esclerosis múltiple, oclusión dental defectuosa, cardiopatía isquémica, diabetes, hiperactividad, enfermedad tiroidea autoinmune y celiaquía.

Por todas estas razones, no puede considerarse a la fórmula como ‘la segunda mejor alternativa’ después de la lactancia materna. Oficialmente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) designa a la leche artificial como la última opción de alimentación infantil: la primera opción es el amamantamiento, la segunda opción, la leche materna proporcionada con vasito o biberón, el tercer lugar lo ocupa la leche materna de banco de leche o nodriza, en cuarto lugar, la leche artificial.

Y sin embargo, los lactantes amamantados se están convirtiendo en especies en peligro de extinción. En el Reino Unido, las tasas son catastróficamente bajas desde hace décadas. De acuerdo con las cifras actuales, sólo el 62 por ciento de las mujeres inglesas intentan amamantar (a menudo cuando aún se encuentran en el hospital). A las seis semanas, sólo el 42 por ciento amamanta. A los cuatro meses, sólo el 29 por ciento se encuentra amamantando y, a los seis meses, esta cifra disminuye al 22 por ciento.

Estas cifras son similares a las de cualquier país en vías de desarrollo del mundo y, cabe señalar, no reflejan necesariamente el ideal de lactancia materna ‘exclusiva’. De hecho, muchas madres modernas practican la alimentación mixta, combinan la lactancia materna con leche artificial y alimentos infantiles. En el nivel mundial, OMS estima que sólo el 35 por ciento de los lactantes recibe algún tipo de leche materna a los cuatro meses y, si bien no es posible saber a ciencia cierta dado que la investigación sobre la lactancia materna exclusiva es escasa e incompleta, se estima que sólo el 1 por ciento es amamantado exclusivamente hasta los seis meses.

Las mujeres más jóvenes en particular tienden menos a amamantar, siendo más del 40 por ciento las madres menores de 24 años que nunca intentan hacerlo. Sin embargo, el principal obstáculo es el socioeconómico. Las mujeres de hogares de bajo nivel económico o de escaso nivel educativo tienden menos a amamantar, aun cuando esto signifique una enorme diferencia para la salud del niño.

En el caso de los niños de familias en desventaja social, la lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida puede eliminar las desigualdades sanitarias entre nacer en un hogar pobre y un hogar rico. Esencialmente, la lactancia materna rescata al lactante de la pobreza durante esos meses de vida cruciales y le brinda un comienzo justo en la vida.

Entonces, ¿por qué no amamantan las mujeres?
Antes de que los biberones se convirtieran en la norma, la lactancia materna era una actividad cotidiana basada en la imitación que se aprendía en el seno de la familia y la comunidad.

Las mujeres se convertían en sus propias expertas mediante ensayo y error , sobre la base de su propia experiencia. Pero en la actualidad, lo que debería ser una práctica más o menos natural se ha convertido en algo extremadamente complicado: el foco de las estrategias y las políticas de comercialización, la elaboración de leyes, los grupos de apoyo de presión, los activistas y la interferencia - a menudo ineficaz - de expertos bien intencionados.

Según Mary Smale, lo que marca la diferencia es la confianza y la expectativa de apoyo, en especial en el caso de las mujeres en desventaja social.

“El concepto de ‘auto eficacia’, es decir si uno piensa que puede hacer determinada cosa, es muy importante. Uno puede decirle a una mujer que es bueno amamantar, pero ella tendrá que creer en varias cosas para que la lactancia funcione. En primer lugar, debe creer que es una buena idea, que es bueno tanto para ella como para su bebé. En segundo lugar, debe pensar: ‘Soy del tipo de persona que puede hacerlo’. En tercer lugar, y tal vez el más importante, debe creer que si se presenta algún problema ella podrá, con ayuda, encontrar la manera de solucionarlo.”

“Los estudios indican que, por ejemplo, las mujeres de bajo ingreso económico a menudo creen que la lactancia causa dolor, y también tienden a creer que la fórmula es simplemente óptima. Es por ello que la motivación por amamantar falta desde un principio. Pero, en realidad, es la creencia que de existir algún problema no habrá cómo solucionarlo. Por ejemplo, si duele es una cuestión de suerte. Muy diferente a lo que sucede con las madres de clase media, acostumbradas a solicitar ayuda en caso de necesitarla, que no temen tomar el teléfono y comunicarse con su partera o visitadora de salud para pedir ayuda.”

Prácticamente todas las mujeres, alrededor del 99 por ciento, puede amamantar con éxito y producir la leche suficiente para que su hijo no sólo crezca sino que lo haga con todas sus fuerzas. Con aliento, apoyo y ayuda, prácticamente todas las mujeres desean iniciar la lactancia. Sin embargo, las tasas de interrupción son alarmantes: el 90 por ciento de las mujeres que suspenden la lactancia durante las primeras seis semanas dicen que desearían haber continuado. Y, según parece, las tasas de lactancia materna exclusiva en el largo plazo podrían mejorarse de existir un sólido apoyo familiar y comunitario –visible y al alcance de todas- para hacerlo, ya sea en el hogar o en público.

Evidentemente, este tipo de apoyo social es inexistente y la idea de la lactancia materna frente a la alimentación con biberón sugiere que existe además una confluencia de factores complejos, ya sea de índole médica, socioeconómicos, culturales y políticos, que frecuentemente menoscaban la confianza de la madre al tiempo que fortalecen la idea de que alimentar con leche artificial es una cuestión ligada al estilo de vida y no a la salud, y que el organismo de la mujer moderna no puede producir suficiente leche para alimentar a su cría.

“La lactancia materna es una negociación natural entre la madre y el bebé y si uno interfiere es bajo su responsabilidad”, dice la docente universitaria Mary Renfrew, Directora de la Unidad de Investigación sobre la Madre y el Lactante, de la Universidad de York. “Pero a comienzos del siglo pasado, interferir en la lactancia era habitual. En términos de la ecología de la lactancia, estamos hablando de un hábitat natural que ha sido alterado. Y no es sólo la presencia de un gran depredador: la invención de la leche artificial, que es ya de por sí importante. Es el hecho de que el hábitat ya se encontraba debilitado como consecuencia de otras fuerzas que lo habían vuelto vulnerable al desastre.”

‘Si uno analiza textos médicos de principios del siglo XX, encontrará una serie de citas acerca de la cientificación y la exactitud de la lactancia, y es a partir de allí cuando observamos el comienzo de la destrucción. Según Renfrew, esta destrucción de debe principalmente al temor y a la desconfianza que la ciencia tenía respecto del proceso natural de la lactancia. En particular, el hecho que una madre pudiera colocar a su bebé al pecho y hacer algo más mientras amamantaba, y esperar a que el bebé lo soltara cuando ya hubiese obtenido el alimento suficiente, era considerado desordenado e inexacto. El modelo médico/científico reemplazó esta situación natural con mediciones precisas, es decir, qué cantidad de mililitros de leche un lactante debería consumir por toma; esto desvirtuaba el equilibrio natural entre la madre y el lactante, y establecía la alimentación con biberón como la norma biológica.

Las tasas de lactancia materna también comenzaron a disminuir como consecuencia de la nueva situación creada por la Primera Guerra Mundial; más cantidad de mujeres dejaban a sus hijos para unirse a la fuerza laboral y como consecuencia de la emancipación femenina y la muerte de los hombres en el campo de batalla. Esto fue aún más significativo con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial, cuando un mayor número de mujeres comenzaron a trabajar fuera de su hogar.

“La primera ola de feminismo”, explica Renfrew, “que se plasmó en la conciencia colectiva en la década de los años 1960, también fomentó el que las mujeres dejaran a sus hijos e hicieran su propia viva. Por ello, lo único que hubiera ayudado, es decir, el apoyo entre mujeres, de hecho favoreció el que incluso mujeres intelectuales, comprometidas, conscientes que podrían haberse cuestionado no lo hicieran. El resultado fue una menor confianza en la lactancia, un menor entendimiento sobre su importancia y una empobrecida capacidad de los profesionales de la salud para apoyarla. Y, por supuesto, todo esto sucedió al mismo tiempo que el desarrollo tecnológico de la leche artificial y la disponibilidad de la fórmula sin costo alguno.”

La medicalización del parto
Antes de la Segunda Guerra Mundial, el embarazo y el parto, y por extensión la lactancia, eran parte del normal desarrollo de la vida. Las mujeres daban a luz en sus hogares con la ayuda y el apoyo de parteras capacitadas que formaban parte de la comunidad. Luego las mujeres contaban con el aliento de la familia y de amigos para amamantar.

El hecho que el nacimiento fuera extraído del ámbito de la comunidad y se lo volviera a ubicar en el ámbito hospitalario dio como resultado la medicalización de la vida reproductiva de las mujeres. Los acontecimientos de la vida se transformaron en problemas médicos y el conocimiento tradicional fue reemplazado por soluciones científicas y tecnológicas. Esta medicalización se tradujo en una serie de intervenciones que dañaron profundamente la confianza de las mujeres en su capacidad por engendrar y ayudar al desarrollo de un hijo saludable, a dar a luz y a alimentarlo.

Las intervenciones derivaron en lo siguiente: los hospitales son instituciones, son impersonales y, por necesidad, se basan en horarios y en rutinas. Para el correcto funcionamiento de un hospital, es preciso sedar e inmovilizar a los pacientes. Para que una mujer de a luz es preciso que esté tendida sobre su espalda en una camilla, una postura contraria a la que naturalmente optaría y que torna al trabajo de parto más lento, menos efectivo y mucho más doloroso.

Para ‘reparar’ estas tareas disfuncionales desde el punto de vista iatrogénico, los médicos desarrollaron una serie de fármacos (a menudo hormonas sintéticas como las prostaglandinas o sintocinon), tecnologías (como fórceps y ventosas) y procedimientos (como las episiotomías) para acelerar el proceso. Acelerar el trabajo de parto por vía artificial lo tornó más doloroso aún y en consecuencia, generó el desarrollo de una gama de fármacos para aliviar el dolor. Muchos de ellos eran tan poderosos que la madre con frecuencia se encontraba inconsciente en el momento del parto, lo cual la incapacitaba para ofrecerle el pecho a su hijo recién nacido.

Todos los fármacos analgésicos atraviesan la placenta, de modo que aún cuando la madre esté consciente, su bebé probablemente no lo estará o estará tan sedado que sus instintos naturales de succión (que lo ayudará a encontrar el pezón) y la coordinación muscular (necesaria para prenderse al pecho en forma adecuada) se verán seriamente afectados.

Durante las décadas de 1970 y 1980, madre e hijo se recuperaban del difícil trance de un parto medicalizado por separado. A menudo al bebé se le prohibía amamantar hasta tanto no tomara su primer biberón, en caso de que hubiera algún problema en su sistema digestivo. La lactancia materna, cuando finalmente ocurría, era llevada a la práctica bojo estrictas pautas horarias. Estas pautas de alimentación, usualmente a intervalos de tres o cuatro horas, resultaban totalmente artificiales para los recién nacidos humanos que necesitan alimentarse 12 veces o más durante un período de 24 horas. Los bebés que estaban inevitablemente hambrientos entre una toma y otra recibían como rutina suplementos de agua y/o fórmula.

“Existían diversos modos de saciar el apetito a un bebé”, dice la Profesora Renfrew. “El funcionamiento de esta lactancia científica en el ámbito hospitalario era el siguiente: durante el primer día el bebé podía ser amamanta dos minutos de cada pecho, luego cuatro minutos de cada pecho el segundo día, siete minutos el tercer día y así sucesivamente. Esto generaba gran ansiedad ya que la madre estaba atenta al reloj en lugar de prestar atención a su bebé. Después de cada toma, a los bebés de los saciaba con otros alimentos y se los volvía a saciar con otro alimento durante la noche en lugar de recibir leche materna. Así las salas de recién nacidos estaban colmadas de bebés que lloraban mientras que las madres permanecían en las salas de posparto. Esto era lo normal durante el transcurso de las décadas de 1960 y 1970.”

La leche materna se produce sobre la base del suministro y la demanda, y estas rutinas de saciar el hambre del bebé, que si bien apaciguaban su apetito pero reducían la demanda, también reducían el suministro de leche de la madre. En consecuencia, las mujeres a merced del parto institucionalizado vivían la lactancia como una lucha frustrante que con frecuencia resultaba dolorosa y muchas veces infructuosa.

Cuando la lactancia ‘fracasaba’, bajo estas circunstancias tan adversas, se proporcionaba fórmula como una ‘solución completa desde el punto de vista nutricional’, que a su vez era más ‘moderna’, ‘limpia’ y más ‘aceptable socialmente’.

Al menos dos generaciones de mujeres has estado sujetas a este tipo de rutina perjudicial y, como consecuencia, a muchas madres de hoy el concepto de la lactancia les resulta algo extraño y desconocido que a menudo estará encasillado como algo que desearían intentar pero que se sentirían muy decepcionadas si no funcionara.

El fracaso de los profesionales
Los mismos jóvenes médicos, enfermeras y parteras que se aventuraron en este modelo médico de reproducción son quienes hoy dirigen los servicios sanitarios. Por eso no sorprende que los hospitales modernos sean, en esencia, apenas distintos de sus antecesores. Es probable que tengan aparatos de televisión, CD y empapelados más bonitos y que los fármacos sean más sofisticados, pero los objetivos y principios básicos del parto medicalizado han variado muy poco en los últimos 40 años, siendo el efecto en la lactancia aún devastador.

En muchos casos, la opinión de los proveedores de la atención de la salud en materia de alimentación infantil se basa en sus propias y muy personales experiencias. De acuerdo con las encuestas, por ejemplo, el factor más importante que afecta la eficacia y la precisión del consejo profesional sobre la lactancia es si esa misma médica, o la esposa de ese médico, ha amamantado a sus hijos. De igual modo, una partera, enfermera o visitadora de salud que ha alimentado con fórmula a su hijo es improbable que sea una eficaz defensora de la lactancia.

Más preocupante aún es que estos profesionales pueden continuar perpetuando mitos perjudiciales sobre la lactancia que facilitan su fracaso. En algunos hospitales, a las mujeres aún se las aconseja limitar la cantidad de tiempo que un bebé succiona de cada pecho y a ‘fortalecer’ sus pezones. O se les dice que los bebés obtienen la leche necesaria durante los primeros 10 minutos y que la succión de allí en más es innecesaria. A algunas se les aconseja respetar los intervalos de cuatro horas entre una toma y otra. Las cifras obtenidas de la Oficina de Estadística Nacional del RU señalan que se continúa proporcionando otros alimentos a los bebés para saciar su apetito. En el año 2002, cerca del 30 por ciento de los bebés de hospitales del RU recibieron un suplemento por parte de personal del hospital y aproximadamente el 20 por ciento de todos los bebés fueron separados de sus madres en algún punto de la estadía hospitalaria.

Los continuos consejos inapropiados por parte de profesionales de la medicina fue lo que impulsó, en 1991, el inicio de la Iniciativa Hospital Amigo del Niño y de la Madre (IHAN): un sistema de certificación para aquellos hospitales que reúnen ciertos criterios que promueven la lactancia exitosa. Estos criterios incluyen: la capacitación del personal de atención de la salud sobre cómo facilitar la lactancia; la ayuda necesaria para que las madres puedan iniciar la lactancia dentro de la primera hora de transcurrido el parto; la no provisión de alimentos o líquidos a los recién nacidos a menos que sea lo indicado por un médico y la no aceptación por parte del hospital de fórmulas o suministros gratuitos o a muy bajo coso. En principio, es una importante medida en la promoción de la lactancia; los estudios señalan que las mujeres que dan a luz en un Hospital Amigo amamantan por un tiempo más prolongado.

En Escocia, por ejemplo, donde cerca del 50 por ciento de los hospitales han sido acreditados como Hospitales Amigos, las tasas de inicio de la lactancia han aumentado dramáticamente en los últimos años. En Cuba, donde 49 de los 56 hospitales e instalaciones de maternidad son “Amigas del Niño y de la Madre”, la tasa de lactancia materna exclusiva a los cuatro meses prácticamente se ha triplicado en seis años, del 25 por ciento en 1990 al 72 por ciento en 1996. En Bangladesh, Brasil y China se han observado incrementos similares.

Lamentablemente, el interés por obtener la designación IHAN no es universal. En el RU, sólo 43 hospitales (el 16 por ciento de todos los hospitales británicos) han logrado la designación completa y ninguno de ellos se encuentra en Londres. De los aproximadamente 16.000 hospitales de todo el mundo que han calificado para recibir la designación de Hospital Amigo, sólo 32 se encuentran en EE.UU. Y si bien los hospitales amigos logran una alta tasa de inicio de la lactancia, no les es posible garantizar su continuación una vez que la mujer regresa a la comunidad. Incluso entre las mujeres que dan a luz en hospitales amigos, el número de ellas que amamanta exclusivamente durante seis meses es inaceptablemente bajo.

No hay comentarios. :

¡Carga a tu bebé!