22 octubre 2008

parteaguas: el antes y el después

Por Ana Charfén, IBCLC
La vida se dividió irremediablemente durante mi vida en algunos puntos, pero creo que el parteaguas definitivo sucedió en el momento en el que me convertí en madre.

Ese momento sirve para definirme en como era antes y como fui después.

El antes estaba marcado por una vida en la cual me percibía a mi misma como ejecutiva, a cargo de una importante área de una compañía trasnacional. En ese antes era una mujer agresiva, acostumbrada a resolver con gracia las zancadillas que el trabajo me ponía. A dirigir y defender mi grupo, y a diseñar una serie de estrategias que me ayudaran a colocar mi trabajo en una posición trascendental.

Era en ese momento cuando me encontré embarazada de mi primer hijo. Una hace toda clase de cadenas de suposiciones acerca de la maternidad, tratando de acomodarla en el futuro. Decidí en ese momento, que cuando mi hijo naciera, yo seguiría en esa "importante" labor dentro de la empresa. Mi hijo asistiría a una guardería, y sería un niño muy sociable y acostumbrado a convivir con otros niños. Sería un niño criado en comunidad.

Me dediqué a buscar un lugar en donde podría dejar a mi fruto. Encontré según yo el sitio ideal, una prestigiosa guardería con excelentes referencias.

Todo estaba resuelto, cuando mi hijo naciera, yo permanecería con el mientras durara mi incapacidad, y después de eso, el a la guardería y yo al trabajo.

Vino el momento en el que mi hijo nació, y es ese momento en el que inició mi encuentro conmigo misma a través de la maternidad. Empecé a enfrentarme con mi propia sombra, y con todo el bagaje que uno carga inconscientemente.

Como buena autodidacta y curiosa lectora que soy, comencé a leer cuanto libro acerca de crianza que se cruzó por mi camino. Unos libros contradecían a los otros, y fue dificil en esos momentos discernir cual era la senda que seguiría en cuanto al modo de criar a mi hijo.

Y empezó a crecer en mi la ineludible y sobrecogedora experiencia de encontrarme con una fuerza que me rebasaba y me desbordaba: el amor maternal. El instinto animal, el apego que la hembra siente hacia su cría.

Encontrarme con estos sentimientos tan fuertes, fue una experiencia muy reveladora: Me di cuenta de que el lugar en donde mi hijo pertenecía era en mis brazos y sobre mi corazón. Me parecía dificil poder soltarlo de mi regazo, aún para bañarme.

Me rendí sin frenos hacia el amor que mi hijo provocaba en mi, y sentí con gran intensidad la fuerza del instinto milenario.

Y llegó el momento en que tenía que regresar a mi trabajo, y mi hijo entrar a la guardería, cuando tenía 3 meses, según mis meditados planes anteriores.

El primer día de trabajo, llegue temprano a la guardería. Me senté en el cuarto donde mi hijo permanecería junto con los otros bebés y las mujeres que los cuidarían. Me abrí la blusa para amamantarlo antes de irme a la oficina. Observé la habilidad de las cuidadoras para mecer con la pierna las diferentes sillitas donde tenían sentados a los bebés, y como le daban a cada uno una cucharada de papilla.

Casi no podía contener las lágrimas...era ahí donde mi criatura se quedaría...

Llegue al trabajo y comencé con mis actividades, a las tres horas me metí al baño a extraerme la leche con mi tiraleche eléctrico. Guardé mi leche en el refrigerador.

Algo dentro de mi gritaba que lo que estaba haciendo no era correcto. Era una indescriptible necesidad de salir corriendo hacia mi hijo. Era un ahogo que me impedía pensar y que me presionaba el pecho. Unas ganas de llorar impresionantes. En ese momento decidí que era incapaz de hacerlo y no había nada que lo pudiera evitar. Regresaría por mi hijo y no me separaría de el. Me quedaría a su lado contandole las pestañas, cantándole, arrullándolo.
Es un dilema increíblemente dificil de racionalizar, por un lado lo que una creía hace pocos meses, y por otro lado lo que todo una siente de manera incontrolable.

Subí a hablar con mi jefe, y le explique la situación lo mejor que pude. Aún recuerdo sus palabras: "es muy entendible" fue lo que me dijo. Hicimos planes de como delegaría mis responsabilidades y trasladaría el poder a otra persona, y como finalmente entregaría mi area.

En ese momento, empezó a existir el después. Me liberé de todas mis ideas preconcebidas y me rendí al amor materno. Mi imagen de mi misma cambió radicalmente. De ser una mujer agresiva, me convertí en una mansa criatura. Ya no era una ejecutiva, era una mamá.

Me dediqué en cuerpo y alma a criar a mi hijo, y a descubrir la maravillosa persona que es.

Pensé que fue la mejor decisión que hice en mi vida, ya que hice con convicción lo que me pareció correcto tanto intelectualmente como con el corazón.

Luego la vida me bendijo con otras dos criaturas que llenaron por completo mi vida y me acabaron de formar como madre.

Y es ahora, varios años después, en que comienzo a notar los frutos del tiempo que han estado a mi lado, en mis brazos y en mi corazón.

1 comentario:

gabi dijo...

que hermoso, eso es indescriptible, cuando descubres que el viento te lleva siempre, a tus hijos

saludos

¡Carga a tu bebé!