24 noviembre 2010

yo no me callé

Con la imagen de mi hijo sobre el pecho, recuerdo esto.
En una época descubrí el privilegio de reunir la fuerza de seguir a mi instinto,
y rendirme al amor que mi hijo recién nacido inspiraba en mi.
A menudo me lo preguntaba.
¿Es normal que no quiera soltar a mi hijo?
¿Está bien que prefiera tenerlo en brazos,
besarle la cabeza,
contarle las pestañas
rodear mi dedo con su manita
a dejarlo en su cuna?
¿Es correcto que abandone el camino que me había labrado,
la seguridad económica,
por no resistirme a esta fuerza sutil, pero poderosa que me impide soltar a mi bebé?
Enamoramiento es una palabra que describe a ese sentimiento.

Es un privilegio el tiempo que mis hijos vivieron sobre mi pecho y entre mis brazos.
Soy afortunada porque al hacerlo descubrí el destino que se había preparado para mi, desde el principio.

Tuve suerte de que se me concediera nutrirlos con mi cuerpo y con mis besos,
porque yo recibía a través de ellos el mejor alimento: su aroma. El olor de mi criatura.

Y a través de su olor, nutría también mi alma,
el alma de un bebé que lloró incansablemente el primer año de su vida.

Era creencia común cuando nací que los bebés deben ser alimentados de acuerdo al reloj. No necesitaban nada más que alimento, y estar limpios. El tiempo que transcurría entre un alimento y el siguiente, los pasaba sola en mi cuna, aparentemente llorando. O eso es lo que dicen las crónicas de esa época, ya olvidadas y enterradas. Hasta el pediatra decía que llorar era muy bueno para los pulmones.

La mayoría de los bebés que siguen este régimen, aprenden su primer lección de sumisión tan pronto nacen. Al ser sometidos a este modo de criar, casi todos los bebés lloran inconsolablemente por horas, un día, dos, tres. Dicen que casi todos para cuando tienen 3 meses, no lloran más.

La mayoría, pero no todos. Algunos bebés no se quedan callados, resistiéndose a la injusticia de ser arrebatados del amor y respeto que les corresponde al llegar a este mundo. Sin resignarse a ser tratados como objetos.

Lloran de verdad y llora su alma. Y no pueden dejar de decirlo, cada vez que alguien se los recuerda.

Y cuando llegan a ser adultos, y tienen una voz clara, lo dicen una y otra vez: Ningún niño merece llorar solo.
Yo no me callé. Yo soy la voz de los bebés. Y mientras tenga voz y tenga fuerza, seguiré ya no llorando, pero si resistiéndome ante mi primera lección de sumisión. Y hablaré y escribiré, a todo el que me quiera escuchar o leer:

Todos los bebés son seres humanos. Es algo tan lógico y tan olvidado. Las necesidades emocionales de los bebés son tan válidas como las de los adultos. A pesar de que uno haya llorado en la indiferencia, tiene la capacidad de romper el ciclo del abandono. A los adultos amados no se les niegan los brazos y la compañía. A los bebés tampoco. Solo hay que dejar fluír el amor que hay en tu pecho, sentirlo y no resistirse.

Ana Charfén, IBCLC, LLLL

¡Carga a tu bebé!